En agosto de 2020, tres montañeros españoles murieron en el barranco de Parlitobel, en Suiza, tras ser sorprendidos por una tormenta súbita. Eran experimentados, conocían el terreno, pero la crecida fue inmediata y devastadora. Uno de ellos sigue desaparecido.

El dato es claro: precipitación de hasta 30 litros por metro cuadrado en menos de dos horas en un entorno encajonado. No hubo margen. La actividad era conocida, pero el contexto cambió en minutos.
En los Alpes franceses, concretamente en Saboya el 14 de febrero pasado, una avalancha dejó tres muertos y un herido grave. El grupo practicaba esquí fuera de pista en una jornada con riesgo 4 sobre 5, según Météo France.

El dato es directo: nivel de riesgo alto declarado oficialmente. Aun así, la actividad continuó. El acceso a zonas técnicas es cada vez más fácil, pero la exposición sigue siendo extrema.
En 2024, Lisa Manders murió en Zambia durante un safari tras ser atacada por un hipopótamo. La demanda presentada por su marido señala falta de información clara sobre el riesgo real durante la actividad.

El dato es estremecedor: los hipopótamos causan alrededor de 500 muertes al año. No es nada anecdótico por tanto. El hipopótamo es uno de los amimales más peligrosos del planeta, un aspecto qie no siempre se comparte con el "incauto" turista.
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